Nos encontramos ante una gran variedad de posibles enfoques, tanto orientales como occidentales, que van desde el psicoanálisis al zen, de la Gestalt a la meditación trascendental, del existencialismo al hinduismo.

Por si eso fuera poco, parece como si muchas de esas escuelas diferentes se encontrasen en abierta contradicción, no solo diagnostican diferente la causa del sufrimiento, sino que también prescriben métodos distintos para aliviarlo.Las terapias aluden a remediar o curar, sin embargo, se enfocan a un crecimiento personal, conociendo el espectro de la conciencia, habilitándonos a reconocer diferentes mecanismos de la psiquis.

Analicemos las diversas vertientes:

  • Yoica ortodoxa (conductismo cognoscitivo y la psicología freudiana del yo)
  • Humanística (bioenergética y la Gestalt)
  • Transpersonal (psico síntesis, psicología junguiana y tradiciones místicas)

Todas para analizar conductas, que alentamos con hábitos, que reprimimos, que las fraccionamos o las proyectamos. Esta imagen reducida, lo que se representa como persona (máscara). Como individuo nos identificamos solo con facetas de nuestra propia psique que podemos observar, lo que resta “no es mío”, es territorio extranjero, extraño y peligroso.

Basta con comprender el sentimiento, más allá de cualquier sombra o duda, que su identidad esta entrelazada con el mundo, que lo atraviesa más allá de su mente y su cuerpo.  Y habita otra epidemia: la disociación entre la mente y el cuerpo, sentirnos como si cabalgáramos nuestro cuerpo, desde una mente que interpreta a libre albedrío.

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